ÚLTIMAS NOTICIAS

Guido Gómez Mazara: del poder adquisitivo al amueblamiento intelectual

 


Una mirada desde Barahona sobre juventud, educación y liderazgo político


Por Iomar Batista, M.A.


La política pierde parte de su esencia cuando el poder adquisitivo comienza a pesar más que el pensamiento. Una democracia necesita recursos, estructuras y organización; pero cuando estas sustituyen la formación, la cultura, el criterio y la capacidad de interpretar la sociedad, dejamos de construir liderazgo para comenzar simplemente a administrar influencia.


Desde Barahona, esa reflexión adquiere un significado particular.


Quienes hemos hecho de la educación una parte importante de nuestra trayectoria sabemos que prepararse desde el Sur significa muchas veces estudiar mientras también se lucha contra las distancias, las limitaciones territoriales y una histórica concentración de oportunidades. Por eso me preocupa el mensaje que recibe una generación de jóvenes cuando descubre que puede estudiar, especializarse, desarrollar competencias y construir una trayectoria profesional, pero no siempre encuentra un sistema político y social capaz de valorar proporcionalmente ese esfuerzo.


La sociedad que invita a sus jóvenes a prepararse también tiene la responsabilidad moral de demostrarles que prepararse vale la pena.


Es precisamente ahí donde ubico mi valoración de Guido Gómez Mazara.


No me interesa únicamente Guido como dirigente político. Me interesa lo que su perfil representa dentro de una época en la que la política necesita recuperar el respeto por las ideas. Veo en él una combinación poco frecuente entre formación profesional, cultura política, capacidad argumentativa, experiencia pública y disposición para confrontar intelectualmente posiciones diferentes.


No significa coincidir siempre con él. Seguir una filosofía política no debería significar renunciar al pensamiento propio. Por el contrario, uno de los mayores signos de madurez política consiste en acompañar a alguien porque sus ideas producen reflexión y no porque su posición produzca beneficios.


Con el tiempo he comprendido algo desde mi propia experiencia profesional, educativa y social en Barahona: no quiero pertenecer simplemente a un equipo político; quiero poder identificarme con una filosofía.


Porque hay una diferencia profunda entre acompañar un poder y acompañar una idea.


El poder puede desaparecer con un decreto, una elección o una coyuntura. El pensamiento, cuando tiene fundamentos, puede sobrevivir incluso fuera del poder.


Por eso hablar de Guido también me conduce inevitablemente a hablar de la juventud del Sur.


Barahona, Pedernales, Bahoruco e Independencia están llenas de jóvenes cuya principal riqueza no está todavía en una cuenta bancaria, sino en aquello que están construyendo silenciosamente dentro de sí: conocimientos, profesiones, competencias digitales, experiencias, títulos, proyectos, emprendimientos y deseos de servir.


Ese es nuestro verdadero capital.


Y quizás uno de los grandes desafíos políticos del Sur sea conseguir que ese capital intelectual pueda convertirse también en capital social, institucional y político.


Barahona no necesita únicamente inversiones que lleguen desde fuera. Necesita que sus propios hombres y mujeres tengan condiciones para elevarse desde dentro. Necesita conectividad, tecnología, buenas escuelas y universidades; pero también una cultura política que permita que el profesor, el técnico, el profesional, el deportista, el emprendedor y el joven preparado puedan convertirse en protagonistas de las decisiones de su territorio.


Por eso valoro especialmente que debates como conectividad, transformación digital, formación tecnológica y democratización del acceso al conocimiento hayan encontrado presencia dentro de la gestión pública encabezada actualmente por Gómez Mazara en INDOTEL. El Sur no puede continuar observando la revolución tecnológica desde lejos. La verdadera brecha del futuro no será solamente entre ricos y pobres: será también entre quienes puedan acceder al conocimiento y quienes permanezcan excluidos de él.


Y ahí educación y política vuelven a encontrarse.


Un cable de fibra óptica puede conectar una comunidad con Internet; pero necesitamos educación para conectar esa comunidad con el mundo.


Una universidad puede entregar un título; pero necesitamos instituciones capaces de reconocer lo que ese título representa.


Un partido puede incorporar miles de jóvenes; pero necesita una filosofía que les explique para qué están haciendo política.


Ese es el punto.


La juventud no debería ser utilizada solamente como fuerza de movilización. Debe ser considerada fuerza de pensamiento.


Barahona no puede ser solamente convocada.


Debe ser escuchada.


El Sur no puede ser únicamente contado electoralmente.


Debe ser pensado estratégicamente.


Y nuestros jóvenes no pueden continuar siendo considerados solamente por su capacidad para trabajar detrás de un proyecto; también deben ser valorados por su capacidad para construirlo, cuestionarlo, dirigirlo y mejorarlo.


En ese sentido utilizo una expresión que puede parecer provocadora: necesitamos una sublevación intelectual de la juventud.


No una sublevación contra la democracia, sino contra la mediocridad.


Sublevarnos intelectualmente significa elevar el perfil profesional, leer más, estudiar más, dominar tecnologías, argumentar mejor, conocer nuestra historia, comprender el Estado y negarnos a creer que nuestro origen provincial determina hasta dónde podemos llegar.


La mayor revolución de un joven de Barahona podría consistir sencillamente en convertirse en alguien cuya preparación sea imposible ignorar.


Ahí vuelvo nuevamente a Guido Gómez Mazara.


En mi valoración, su fortaleza política no está exclusivamente en los espacios que ha ocupado, sino en algo más difícil de adquirir: el amueblamiento intelectual necesario para entrar a una discusión y no depender solamente de consignas para sostenerse dentro de ella.


Ese tipo de dirigente también es necesario en un partido.


Necesitamos organizadores y administradores. Necesitamos estructuras y capacidad electoral. Pero una organización política que aspire a dirigir una sociedad moderna necesita igualmente personas capaces de interpretar los tiempos, enfrentar ideas con ideas y dialogar con académicos, jóvenes, trabajadores, empresarios, comunicadores y adversarios sin disminuir la altura de la discusión.


Por eso mi mirada hacia Guido no nace únicamente de la política.


Nace también de mi condición de educador, profesional y ciudadano del Sur.


He aprendido que el verdadero desarrollo comienza cuando una persona comprende que su principal patrimonio no es aquello que posee, sino aquello que ha sido capaz de construir dentro de sí.


Quizás por eso, entre el poder adquisitivo y el amueblamiento intelectual, sigo creyendo en lo segundo.


Porque el dinero puede comprar presencia.


Puede financiar estructuras.


Puede producir aplausos.


Pero no puede comprar pensamiento.


Y si queremos que una nueva generación vuelva a creer en la política, tendremos que demostrarle que todavía existe espacio para quienes estudian, piensan, cuestionan, se preparan y sueñan desde lugares como Barahona.


Más que una juventud detrás de dirigentes, necesitamos dirigentes capaces de provocar una juventud intelectualmente más alta.


Ahí, precisamente, encuentro una de las razones por las que Guido Gómez Mazara merece ser parte de esa conversación.


Iomar Batista, M.A.

No hay comentarios.