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Jóvenes preparados, oportunidades pendientes: cuando el mérito sigue esperando

 


Por Iomar de Jesús Batista López


Pedagogo|Politico|Analista|Técnico Regional de Educación 

Artículo de opinión

En Barahona existe una paradoja que merece dejar de pronunciarse en voz baja: mientras más se prepara una parte de nuestra juventud, más descubre que el título puede abrir la mente sin necesariamente abrir una puerta.


Tenemos jóvenes licenciados, especialistas, magísteres y doctores que hicieron exactamente aquello que durante años la sociedad les pidió: estudiar, sacrificarse, competir, capacitarse y creer que la educación era el camino legítimo hacia la movilidad social. Sin embargo, algunos terminan enfrentándose a una pregunta dolorosamente sencilla: ¿prepararse para qué, si después el mérito tiene que pedir permiso para entrar?


No planteo que un título universitario otorgue automáticamente el derecho a un cargo. Sería absurdo. Tampoco toda persona titulada posee las competencias para dirigir. Pero resulta igualmente absurdo construir un discurso nacional alrededor de la preparación y luego permitir que profesionales competentes permanezcan durante años mirando desde la acera cómo las oportunidades recorren otras rutas.


Barahona y el Sur conocen demasiado bien esa contradicción.


Las grietas que debemos mirar


El Ministerio de Educación ha representado históricamente una de las mayores fuentes de incorporación de profesionales al servicio público dominicano. Sería injusto desconocer los esfuerzos realizados para mejorar las condiciones del magisterio y ampliar oportunidades. Pero reconocer los avances no obliga a guardar silencio frente a las grietas.


Una institución gigantesca puede crecer y, al mismo tiempo, dejar personas atrapadas entre sus engranajes.


Hay profesionales preparados para asumir mayores responsabilidades que necesitan rutas institucionales más transparentes de movilidad, promoción y liderazgo. Y cuando una persona siente que para avanzar importa más estar cerca de alguien que demostrar capacidad, el problema deja de ser exclusivamente laboral: se convierte en una crisis de confianza en el mérito.


La administración pública dominicana debe preguntarse seriamente qué está haciendo con el capital intelectual que ella misma ayudó a formar.


Porque tener profesionales sobrecalificados desempeñándose permanentemente por debajo de sus posibilidades tampoco constituye eficiencia estatal.


El talento desaprovechado también cuesta dinero público.


Una sociedad que se titula no necesariamente se educa


Aquí aparece otra contradicción.


Hemos multiplicado títulos, especialidades y certificaciones. Eso es positivo. Pero una sociedad puede aumentar sus credenciales sin aumentar proporcionalmente su capacidad de liderazgo.


Tener un puesto no convierte a nadie en gerente. Tener autoridad no lo convierte en líder. Y poseer un título tampoco garantiza educación integral.


El liderazgo requiere dominio técnico, capacidad de comunicación, sensibilidad humana, pensamiento crítico, ética, administración de conflictos y comprensión del escenario donde se toman decisiones.


Por eso un perfil joven, profesional, preparado, con criterio propio y dominio de la palabra puede resultar incómodo en determinados espacios.


No necesariamente porque haga algo malo.


A veces el faro molesta no porque ataque a la oscuridad, sino porque inevitablemente revela lo que estaba oculto en ella.


Y otras veces ocurre algo todavía más humano: quien ha decidido permanecer inmóvil interpreta como amenaza al que continúa creciendo.


La ponzoña del alacrán


Guido Gómez Mazara ha utilizado en su discurso político la figura de “la ponzoña del alacrán”. La metáfora resulta útil para comprender determinadas conductas humanas y políticas.


Hay personas que acompañan, otras que observan y algunas que obstaculizan.


Por eso la juventud preparada también necesita comprender que la formación académica por sí sola no inmuniza contra la mezquindad, la intriga ni los intereses.


Pero existe una diferencia fundamental: conocer que existe el alacrán no significa convertirse en uno.


No podemos reclamar una política diferente utilizando las mismas prácticas que criticamos. La nueva generación tiene que demostrar que es posible competir sin destruir, crecer sin pisotear y dirigir sin humillar.


Ese debería ser nuestro verdadero relevo.


Presidente Abinader: todavía hay jóvenes esperando


Desde estas líneas hago un llamado respetuoso al presidente Luis Abinader.


Mire también hacia esa juventud.


Especialmente hacia las provincias donde prepararse cuesta el doble porque las oportunidades llegan a la mitad.


Mire hacia Barahona.


Existen jóvenes que han estudiado, trabajado, servido al Estado, participado políticamente, acumulado experiencia y continuado preparándose mientras esperan una oportunidad proporcional a sus capacidades.


Y esto también debe discutirse dentro de los partidos.


La juventud no puede ser importante solamente cuando hay que llenar una actividad, defender una candidatura, movilizar una comunidad o levantar una bandera.


La juventud que sirve también tiene derecho a participar donde se decide.


Durante demasiado tiempo a muchos jóvenes se les ha administrado esperanza en lugar de oportunidades. Se les felicita, se les llama “el futuro”, se reconoce públicamente su capacidad; pero cuando llega el momento de materializar ese reconocimiento, descubren que nuevamente deben esperar.


Eso termina convirtiéndose en una bola de humo.


Y una generación no puede alimentarse indefinidamente de humo.


Valorar no basta


Hay una palabra que utilizamos demasiado: valorar.


“Valoramos nuestra juventud”.

“Valoramos los profesionales”.

“Valoramos el mérito”.


Perfecto.


Ahora toca materializarlo.


Porque el reconocimiento que nunca se convierte en oportunidad termina pareciéndose demasiado a la indiferencia.


A los jóvenes preparados hay que escucharlos, acompañarlos, promoverlos cuando demuestren capacidad y permitirles competir en condiciones transparentes. No estoy reclamando privilegios generacionales. Estoy reclamando algo mucho más difícil de conceder:


justicia de oportunidades.


Que llegue quien tenga que llegar, pero que pueda llegar por capacidad.


Que nadie reciba una posición simplemente por ser joven, pero que tampoco tenga que renunciar a su juventud esperando eternamente que alguien considere que finalmente merece una oportunidad.


Y quienes hemos encontrado en Dios, en la familia y en la educación las fuerzas para continuar creciendo sabemos que prepararse nunca será tiempo perdido. Pero también sabemos que una sociedad inteligente no obliga a sus mejores recursos humanos a sobrevivir eternamente de paciencia.


Presidente, Gobierno, instituciones y dirigencias políticas: escuchen a esa generación.


No necesitamos que nos regalen el camino.


Necesitamos que dejen de cerrarlo.


Porque quizás el gran desafío de la República Dominicana no sea producir más profesionales.


Quizás sea aprender, finalmente, qué hacer con ellos cuando regresan preparados.

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